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El muro, la inmigración, México y Venezuela en el discurso del estado de la unión de Donald Trump

Al dar su discurso del estado de la unión ante el Congreso, el presidente Donald Trump hizo un llamado a la unidad, la conciliación y al compromiso para que Estados Unidos atienda varios retos y transformaciones acuciantes. Pero ese pertinente llamado tuvo polarizantes espinas que reiteraron varios de sus más punzantes equívocos y sus más ominosas estigmatizaciones.

Y varios de los temas omitidos en el mensaje por Trump fueron elocuentes por sus implicaciones negativas de cara al futuro del país y del mundo.

Se le dé o no credibilidad a Trump en su análisis y en sus llamados  a la unidad en aras del bien común, ciertamente su mensaje ante el Congreso no fue, al menos en lo que dijo, la embestida generalizada contra sus opositores que se pensó podría lanzar. E incluso en ocasiones, como cuando resaltó la historia de una niña que logró superar el cáncer cerebral, las de sobrevivientes del antisemitismo  y del terrorismo y las de militares y oficiales que combatieron esas lacras en la Segunda Guerra Mundial y en el presente, logró concitar en la audiencia emociones compartidas de honor y orgullo.

Pero algunas de sus menciones y sus omisiones reiteraron varias de las actitudes y políticas más cáusticas de Trump.

La inmigración y el muro

Con la posibilidad de un nuevo cierre de gobierno en puerta si no se logra un acuerdo presupuestario, el tema del muro fronterizo aún frena la negociación y la posibilidad de consenso. Al respecto, Trump insistió en que nuevas barreras en el límite con México son necesarias por la peligrosidad de la frontera que, según el presidente, causan las caravanas de migrantes que avanzan para tratar de cruzarla y  la actividad criminal de traficantes de personas y de drogas. Incluso llegó a sugerir que ciudades mexicanas tienen tal urgencia por que los migrantes centroamericanos se vayan de ellas que les proporcionan autobuses para que se desplacen rápidamente hacia zonas poco protegidas de la frontera donde, según su lógica, sería más fácil que entren ilegalmente a Estados Unidos.

Ese comentario omite que, en buena medida, la oferta de autobuses es un gesto humanitario para mitigar la presión de la enorme travesía que esos migrantes emprendieron desde sus lugares de origen.

Al señalar Trump el legítimo dolor de familiares de personas asesinadas por indocumentados (crímenes que son repudiables) para exhibir la urgencia de alzar un muro fronterizo, el presidente prometió proteger la vida de los estadounidenses y fustigó a quienes se oponen a su noción de seguridad en la frontera, atada inseparablemente al muro.

Pero se trata nuevamente de equívocos y estigmatizaciones. Aunque sin duda existe crimen cometido por indocumentados y ciertamente las maras y otras pandillas integradas por extranjeros causan desolación en varias áreas del país, Trump omite que en realidad los inmigrantes, incluidos los indocumentados, cometen menos crímenes que el general de los estadounidenses.

El presidente señala que caravanas de centroamericanos avanzan amenazantes hacia Estados Unidos y dice que reforzará el ejército en la frontera sur para contenerlos, pero omite que en realidad esas caravanas están compuestas en gran medida por familias que huyen del crimen y la miseria y no son masas invasoras y delincuenciales. Y aunque mencionó que la inmigración indocumentada está plagada de abuso de parte de crueles traficantes que agravian y explotan personas, no ofreció alivio alguno, mediante el asilo y la protección, a esas víctimas.

Trump reiteró en cambio su estigmatización de los indocumentados y su promesa de levantar un muro fronterizo que él afirma salva vidas y genera seguridad casi inmediata. Pero, por ejemplo, su afirmación de que en El Paso, Texas, los índices de crimen cayeron casi al instante tan pronto se levantó allí una barrera fronteriza no es correcta: ciertamente esa ciudad es de las más seguras del país, pero la caída de la delincuencia allí comenzó muchos años antes de que comenzara a levantarse el muro e, incluso, se elevó ligeramente luego de que se construyó.

Y aunque Trump deslizó la posibilidad de aceptar una barrera “inteligente” y no solo un muro de concreto y de que solo se levanten nuevas barreras físicas en lugares donde más se necesitan (y no en toda la frontera como llegó a proponer), su enfoque siguió atado a la noción de un muro y no ofreció como balance cambios relevantes y necesarios en materia de inmigración, como una solución humana y con vía a la ciudadanía para los los jóvenes dreamers, ni mencionó los agravios propiciados por su propia administración al separar a miles de menores de sus familias en la frontera.

Para Trump la inmigración indocumentada sigue asociada en su discurso a la errada e inhumana noción de que es meramente una fuente de amenaza, inseguridad, crimen y pérdida de empleos y salarios para los estadounidenses. Y él se aferra a su noción de muro, que es mayoritariamente rechazada por los estadounidenses y que, pese a agradar a su base de derecha radical, lo ha erosionado a él mismo severamente.

Ciertamente Trump no regresó, al menos por ahora, a su planteamiento de declarar una emergencia nacional en la frontera para saltarse al Congreso y asignar presupuesto al muro y pidió un acuerdo bipartidista al respecto. Pero sus gestos de apertura lucieron insuficientes y con escasa capacidad de propiciar compromisos. Por ello, la posibilidad de un nuevo cierre del gobierno por desacuerdos por el muro es patente.

México y Venezuela

De los países de América Latina, Trump hizo escasas menciones. Aludió a los países centroamericanos en el contexto de las caravanas migrantes y a México en tanto país por el que ellos avanzan “amenazantes” hacia Estados Unidos. También para señalar el origen de los integrantes de bandas criminales como la MS-13 o de cárteles de la droga. Pero no abordó tema alguno de relación con México más allá de deplorar el Tratado de Libre Comercio (NAFTA) y pedir el aval legislativo a su reemplazo, el Tratado México Estados Unidos y Canadá (T-MEC) ya aprobado por los mandatarios de esos países.

Sí hizo mención directa a Venezuela. Trump reiteró su reconocimiento a Juan Guaidó como presidente interino de ese país y condenó “la brutalidad del  régimen de Maduro”. No clarificó si la Casa Blanca planea o impulsa medidas adicionales para respaldar a Guaidó y mermar a Maduro pero sí afirmó que el socialismo llevó a Venezuela de ser la nación “más rica de Sudamérica” a una condición de “abyecta pobreza y desesperación”. Luego, agitó de inmediato el espectro de ese socialismo para afirmar que ese modelo nunca se aplicará en Estados Unidos.

Con ello, podría decirse que Trump usó la imagen de Maduro para flagelar políticamente, ante su base conservadora, las posiciones de demócratas progresistas que han sido muy críticos de su administración y cuyos planteamientos de establecer un sistema de salud universal o la educación universitaria gratuita ciertamente están bastante más a la izquierda que lo que la geometría política estadounidense había visto en décadas recientes pero poco tienen que ver con un régimen como el de Venezuela.

Y fue notorio que mientras Trump repudiaba al socialismo y al régimen de Maduro y exaltaba la lucha que en la Segunda Guerra Mundial los estadounidenses libraron contra el nazismo, no aludiera ni condenara explícitamente, por ejemplo, a los grupos neonazis y supremacistas blancos estadounidenses que se han vuelto más visibles y motivados durante su mandato.

El atentado contra la Sinagoga en Pittsburgh, a cuyos héroes y sobrevivientes acertadamente Trump reconoció, fue cometido con repudiable odio antisemita, como en efecto comentó el presidente, pero el responsable fue un estadounidense de ideología ultraderechista y tendencia filonazi. Trump repudió el nazismo del pasado y el antisemitismo en general, pero habría convenido que repudiara explícitamente en su discurso a los neonazis y supremacistas estadounidenses de hoy y prometiera que Estados Unidos nunca será un país fascista y racista con él énfasis con el que le dijo jamás al socialismo.

Palabras y acciones

En todo caso, las palabras y las omisiones de Trump tuvieron fuertes contrastes y, al final, su discurso conciliador en varios asuntos y su pedido de unidad más allá de partidos no bastaron para mitigar sus claroscuros ni para dar credibilidad ante sus opositores a un presidente que reiteradamente ha polarizado al país, sembrado encono a diestra y siniestra, difundido numerosos equívocos y ofendido a enormes sectores. Trump exaltó la fortaleza económica y la baja del desempleo, indicadores propicios, pero al omitir temas de importancia toral como el control de las armas de fuego, la protección de los ecosistemas de cara al cambio climático o la defensa de los derechos civiles y electorales, las lagunas en el discurso presidencial levantan dudas e inquietudes adicionales.

Para ello, Trump necesitará no solo hablar sino también actuar de modo verdaderamente balanceado y conciliador, con reales aperturas a la conciliación y mayor sensibilidad en asuntos en los que se ha mostrado indiferente u hostil. Y aunque es deseable y beneficioso lograr acuerdos bipartidistas justos y con visión incluyente, hay quien considera que Trump ha mostrado una y otra vez que no se le pueden pedir peras al olmo.

Fuente: Yahoo noticias

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